Diez. ¿Han imaginado todas las películas al periodista como alguien que se enfrenta al poder? No necesariamente, aunque algunos de los títulos relevantes así parecen indicarlo (y por sólo citar algunos): Spotlight (2015), de Thomas McCarthy, sobre los abusos de la iglesia; Buenas noches y buena suerte (2005), de George Clooney: un presentador de la CBS contra la caza de brujas de McCarthy; Todos los hombres del presidente (1976), de Alan J. Pakula, el caso Watergate. El periodista imaginado es un hombre corriente, un pequeño David que se enfrenta al monstruoso Goliat, y lo derrota. Todas esas películas son, también, un canto a los valores de la democracia americana. A la solidez de unas instituciones que no sólo permiten sino que alientan la crítica, la denuncia, la exigencia de transparencia a los poderosos que nos gobiernan. Hay incluso un documental, Todos los gobiernos mienten (2016), de Fred Peabody, que recoge el trabajo de muchos nuevos medios independientes vinculados al estallido de Internet (The Intercept, Democracy Now!, Mother Jones, The Texas Observer, The Young Turks y otros). El gran referente es un periodista, I. F. Stone, que lanzó un semanario con su nombre en 1953 dedicado a revelar las oscuridades del poder. Y va más lejos: el periodismo no es un oficio, es un estilo de vida. Su tarea es denunciar el consenso manufacturado. Su otra batalla, la lucha por la financiación.

Once. Pero hay otros periodistas imaginados. Por ejemplo, el reportero desencantado del mundo de El americano impasible, la novela de Graham Greene, que Phillip Noyce llevó al cine en 2002. El periodista como novelista, que se hace dueño de la complejidad, como se cuenta en todas las adaptaciones A sangre fría, de Truman Capote. En Yo creo en ti (1948), de Henry Hathaway, James Stewart encarna al periodista que no decae, que persevera, que va a luchar hasta el final ante miles de dificultades.

Por José Andrés Rojo

La Opinión de Málaga, sábado 14.04.18

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